Estaba tomando café cerca de una de las salas de llegadas de Schiphol. Había un gran grupo de gente esperando, con pancartas, globos y demás parafernalia. Estarían esperando a algún triunfito, a algún futbolista o al ídolo televisivo de turno.
Pero la sociedad actual aún puede sorprender positivamente. A pesar de que si los hijos de puta volarán no veríamos el sol. Pregunté a una amable señora a que se debía el recibimiento y me quedé sobrecogido cuando me dijo que la gente que esperaban eran familias enteras y amigos, y los que llegaban, con todos los honores e ilusión, eran niños chinos que habían adoptado. Y ella misma quería ir a China a adoptar.
Incluso en un edificio grande y frío como es la terminal de un aeropuerto uno es capaz de emocionarse y llegar a sonreír, que falta hace en estos tiempos que corren.